viernes, 5 de agosto de 2016

Semaforos, semáforos; Poema de Jaime Siles


Hace mucho que no traemos un poema y ya tocaba.  Normalmente volvemos nuestra mirada a los clásicos y, aunque el poeta al que dedicamos hoy nuestra entrada siga publicando y sorprendiéndonos periódicamente, ya se le puede considerar un clásico de la poesía contemporánea. 

Se trata de Jaime Siles, que compagina su labor docente con la artístic  y la crítica literaria y ha sido ampliamente galardonado en ambas facetas. Amigo de Vicente Aleixandre- con quien mantuvo una intensa relación epistolar, de la que da fe el libro "Cartas a Jaime Siles"-, reconoce que "la poesía no da de comer" y se lamenta del estado en que está sumida la cultura en España y de que los clásicos estén devaluados (algo que conoce en primera persona, pues es catedrático de Filología clásica). Entre sus libros de poesía  destacan Canon (1973), Música de agua (1983), Semáforos, semáforos (1990),  El Gliptodonte y otras canciones para niños malos (1990).


En su poesía, de la que es muy buena muestra este poema auna la cotidianidad y la modernidad  con temas recurrentes en la literatuar (el amor, los celos, la amistad...). La inspiración le viene de su alrededor y los temas evocados por autores clásicos ahora van a encarnarse en el individuo de a pie, en "la chica de al lado". 
El suyo es un estilo cercano al lector, aparentemente sencillo porque es muy fácil captarlo, pero elaborado y trabajado. 




La falda, los zapatos,
la blusa, la melena.
El cuello con sus rizos.
El seno con su almena.

El neón de los cines
en su piel, en sus piernas.
Y en los leves tobillos,
una luz violeta.

El claxon de los coches 
se desangra por ella. 
Anuncios luminosos
ven fundirse sus letras.

Cuánta coma de rimmel
bajo sus cejas negras
taquigrafía el aire
y el aire es una idea.

El cromo de las motos
gira a cámara lenta.
Destellos, dioramas,
tacones, manos, medias.

Un solo parpadeo
y todo se acelera.
El carmín es un punto
y es un ruido la seda.
La falda, los zapatos,
la blusa, la melena
se han ido con la luz
verde que se la lleva.

En un paso de cebra
-la ví y dije: ¡ella!
Y todos los motores
me clavaron su espuela.

El semáforo dijo
hola y adiós. Y era
muy pronto para todo,
muy tarde para verla.

El ámbar me mordía
los ojos y las venas
y la calle tenía
resplandor de pantera.

En qué esquina de yodo
su mirada bucea.
En qué metro de níquel
o burbuja de menta.

Ningún libro me dice
ni quién es ni quién era.
Ni su nombre ni el mío
intercambian fonemas.

Lloran los diccionarios,
lloran las azoteas
y dicto mis mensajes
en una lengua muerta.

Ha llegado hasta junio
y estoy en las afueras.
La costura del cielo
tiene blondas de niebla.

Las boquitas pintadas 
dejan polvo de estrellas
en el borde de un vaso
boreal de ginebra.

Escrito en cuneiforme
el perfil de sus ruedas
los taxis amarillos
tatúan la alameda.

La noche me maquilla
con su breve tormenta
de bares y de hoteles
sonámbulos que tiemblan.

Otoño de terrazas
vacías y de mesas,
de toldos recogidos
y sillas genuflexas.

Los lápices de labios
con la aurora despiertan.
Los espejos los miran
dibujar sus dos letras.

En un paso de cebra
la ví y dije: ¡ella!
y todos los motores
me clavaron su espuela.

Ésta es la misma calle.
Ésta, la misma acera.
Y la hora, la misma.
Sólo ella no es ella.

La falda, los zapatos,
la blusa, la melena.
El cuello con sus rizos.
El seno con su almena.

¿Y la coma de rimmel
bajo sus cejas negras?
El aire me grafía
aún su silüeta.

Esculpida en el ámbar
-de algún paso de cebra
fosforece su piel,
fosforecen sus medias.


De "Semáforos, semáforos" 1990


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